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Y por más que nos parezcan extrañas las anclas de suerte que los jugadores echan, cuando vienen de profesionales suelen tener un poco más de peso de autoridad.

¿Por qué? Porque vemos que les resultan efectivas. Cuando me enteré David Burch no podía jugar si no tenía su bebida Mountain Dew a su lado, no supe si era una superstición o una estrategia de marketing de la gaseosa.

¿Y qué me dicen de David Rabbi, quien jamás juega los días sábados porque cree que son de muy mala suerte? Pero si hay una superstición extraña, esa es la del profesional Mike Sexton, quien se niega a mirar directamente a los croupieres, ya que piensa que no quiere verse influenciado por repartidores que traigan mala suerte, y para no estar con ese pensamiento en la cabeza, mejor no los mira.

Y ya que tocamos el tema de los repartidores, John Bonetti es incapaz de jugar en una mesa donde el repartidor esté comiendo goma de mascar, ya que lo considera de mal agüero, y para Joe Petro, los repartidores que lucen infelices, son repartidores que no le traerán suerte.

Así que para ser croupier, además de habilidades matemáticas y concentración en el juego, se necesita encarar el arsenal de manías que los jugadores cargan; de modo que para un croupier es más fácil si la superstición no lo toca, como en el caso de Jack Fox, quien sólo juega si lleva puesta su chaqueta de la suerte.