
El Baccara siempre ha sido un juego de clases selectas, pero a veces es hasta cierto punto complicado averiguar el tipo de clase de la gente con la que nos vamos a enfrentar en una partida. Así le ocurrió a Lady Margaret Ascroff, que en su residencia veraniega de las Highlands organizaba todos los veranos larguísimas y suculentas partidas de Baccara para sus invitados.
Uno de esos veranos (hablamos de principios del siglo XIX), en una recepción como bienvenida y comienzo de la temporada veraniega, la srta Ascroff se dejó impresionar por un misterioso personaje que decía proceder del lejano oriente y cuyas formas de vestir, nada convencionales, le hacían ser objeto de todas las miradas. Eso sí, Tangerin, que así se llamaba tan especial invitado, practicaba unos refinados modales y agradaba en especial al selecto grupo femenino del lugar.
Lady Ascroff insistió en invitar a Tangerin a una de sus partidas de Baccara pese a que este insistía en su desconocimiento del juego. Pero, la insistencia de Lady Ascroff fue tal que a Tangerin no le quedó más remedio que asistir.
Durante la partida, el pintoresco invitado dejó prendados a sus contrincantes con su conversación, marcada con un difícil acento, pero el contenido de sus narraciones sobre la lejana Mongolia, su país de origen, era tan interesante que tenía a todos los componentes de la mesa más absortos en los hechos que contaba que en el propio juego.
Finalmente, quedó patente que Tangerin no era en absoluto un buen jugador, ya que perdió dinero en las apuestas, pero al día siguiente Lady Ascroff echó en falta algunas de sus joyas más valiosas. Curiosamente a Tangerin nunca se le volvió a ver más por la zona, y es que sus relatos eran tan interesantes que hasta el personal de servicio quedó absorto escuchando sin darse cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo a sus espaldas.

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